15 de marzo de 2009

Entremeses literarios (XLVII)

LOS INDIOS VERDES
Salvador Elizondo
México (1938)

Otra vez los indios verdes. Por parejas, las silenciosas avanzadas acampan en los aledaños de Mound City, un pequeño caserío de palos secos que conoció hace treinta años el pasajero auge de una veta que no tardó en agotarse. Los indios ofrecen pieles secas y palitos ta­llados con los dientes. No saben contar; solamente medir. Son adoradores -dicen- del sol verde de más allá del desierto y no saben hacer otra cosa que atar y desatar complicados nudos, pa­ra lo que se exhiben, a veces, en la terregosa y única calle de Mound. No saben hablar, pero algunos viejos gambusinos que se mueren lentamente en el lugar dicen que los indios verdes ha­blan por nudos, como los cristianos que por no poder hablar lo hacen a señas. Algunos vaqueros que acampan con sus manadas cerca del arroyo y que pasan por Mound camino del río Ancho, dicen que vienen del Golfo de México en pequeños grupos y que la gente los cree sagrados porque propician la lluvia y la fe­cundidad de los animales benéficos y de las mujeres, y también pueden deshacer nudos que ningún cristiano podría desatar. Di­cen también que son buenos comadrones de cerdos, de caballos y de vacas. Todos sus conocimientos están en las manos y su re­ligión consiste en ver el sol, sabiduría que se confunde con mo­nótonas y extrañas danzas por las que se preparan para un rito secreto que practican a solas. Se dice que son afectos al ololiuqui, que guardan durante sus largas peregrinaciones en unas bolsitas hechas de escroto seco de toro que llevan colgadas al hombro con un tendón. Otros dicen que a su paso van sembrando el locoweed que hace reventar a los caballos y a las mujeres las pone en brama como perras. Los que viven en Mound desde que el finado Bill McCoy fundó el pueblo hace unos treinta años, dan fe que des­de entonces son siempre los mismos indios verdes los que pa­san, cada cuatro años y que su número no ha aumentado ni dis­minuido en ese tiempo. Concluyen que como no proliferan de­ben ser inmortales. Pero yo no estoy muy seguro aunque ya los he visto pasar por aquí tres veces. Van desnudos y parecen he­chos de cobre verdizo. El viejo Buck Pringle que también los vio pasar por Realitos en 1876 dice que no son inmortales, sino que están muertos y que no hay nadie al sur del Colorado que esté más muerto que los indios verdes y que por eso no saben hablar ni entienden el lenguaje humano y que también por eso saben desatar cualquier nudo. Dice el viejo Buck que los mexicanos los mataron antes de la república y que son las puras ánimas de los antiguos gue­rreros, pero vaya usted a saber si es cierto.


TRASPASO DE LOS SUEÑOS
Ramón Gómez de la Serna
España (1888-1963)

De pronto, dejó de tener pesadillas y se sintió aliviado, pues habían llegado ya a ser una proyección obsedante en las paredes de su alcoba. Descansado y tranquilo, en su sillón de lectura, el criado le anunció que quería verle el señor de arriba. Como para la visita de un vecino no debe haber dilaciones que valgan, le hizo pasar y escuchó su incumbencia:
- Vengo porque me ha traspasado usted sus sueños.
- ¿Y en qué lo ha podido notar?
- Como vecinos antiguos que somos, sé sus costumbres, sus manías y sobre todo sé su nombre, el nombre titular de los sueños que me agobian a mí, que no solía soñar... Aparecen paisajes, señoras, niños con los que nunca tuve que ver...
- ¿Pero cómo ha podido pasar eso?
- Indudablemente, como los sueños suben hacia arriba como el humo, han ascendido a mi alcoba, que está encima de la suya...
- ¿Y qué cree usted que podemos hacer?
- Pues cambiar de piso durante unos días y ver si vuelven a usted sus sueños.
Le pareció justo, cambiaron, y a los pocos días, los sueños habían vuelto a su legítimo dueño.


EXITO
Adam Kreczmar
Polonia (1944-1982)

¿Lo conocen? Un señor con una caña está sentado en la orilla y pescando. Primero pesca una brema. Bueno, es normal. Una carpa, está bien. Después, un lucio. Parece que es un día muy afortunado. Una vez más muerde el anzuelo un silurio. ¡Vaya, qué día más bueno para la pesca! Pasa un momento y pesca una ballena, extrañándose un poco. Pero igualmente se alegra. Finalmente, algo enorme comienza a templar el sedal. El hombre tira y tira... ¿Qué era? Pues nuestro transatlántico S. Batory. ¿Y qué piensan ustedes que hizo el hombre? Naturalmente, lo desembarazó del anzuelo y lo echó de nuevo al agua. El éxito es una buena cosa, pero en ciertos momentos no se puede tener todo.


PENELOPE
Olga Harmony
México (1928)

Descendió la escalera sin alumbrar los escalones ni menos contarlos. Durante largos años los había bajado subrepticiamente todas las noches. En el gineceo, el sueño de Ulises no fue perturbado por su ausencia. El aún no recuperaba sus hábitos cotidianos: Circe y las sirenas poblaban sus sueños. Penélope se acercó por última vez a la tela. El rostro barbudo del tapiz ya no se parecía al de Ulises, si alguna vez se habia parecido. La sensación de pérdida fue lacerante. Empezó a destejer la trama, pero de pronto interrumpió su tarea. El ladrido de un perro, la grava del patio crujiendo bajo unas pisadas, eran indicio de que alguien se acercaba. Penélope se incorporó con un sobresalto de esperanzada alegría:
- ¿Será, acaso, que vuelven los pretendientes?


PERROS
Julia Otxoa
España (1953)

El cantante ajusta su voz y sa­le al escenario. Con estupor observa que el teatro está repleto de perros formalmente sentados en sus butacas. Intenta guar­dar la calma. Ante todo es un buen profesional; cuando acabe la sesión ya pedirá las debidas explicaciones. Tras su actuación y después de escuchar los aplausos que le dedica la perruna audiencia, se vuelve hacia la orquesta, to­dos los músicos son también perros de diversas razas y tama­ños. Se frota los ojos, se pellizca por todas partes con insisten­cia intentando despertar, debe tratarse sin duda de un sueño. Pero no es un sueño, nervioso echa a correr, intenta sa­lir precipitadamente del edificio, pero alguien se lo impide agarrándole con fuerza de un brazo:
- ¿Qué diablos te pasa?
Se vuelve hacia quien lo retiene. A su espalda, un enorme buldog le mira asombrado, arrastrándolo seguidamente hacia la barra de la cafetería del teatro. Allí, atónito, se contempla a sí mismo ante el espejo: ¡él también es un perro, un elegante mastín vestido de frac! Desconcertado se vuelve hacia el buldog y le confiesa:
- Yo antes era humano.
El buldog se compadece de él, le pasa con gesto solidario una pata por el lomo.
- No te preocupes, lo que tú tienes es estrés, trabajas dema­siado y los plomos acaban por saltar. Conocí una vez a un perro que también como tú me confesó que antes fue humano. El médico le diagnosticó desequilibrio emocional debido a un exceso de trabajo. Era un gran fotógrafo. Sin duda alguna los artistas estáis expuestos por vuestra especial sensibilidad a ciertos riesgos existenciales de los que felizmente los demás miembros de la raza canina quedamos exentos.


PROMESA CUMPLIDA
Francois M.A. Voltaire
Francia (1694-1778)

Un dia volvió Azora de un paseo, muy enojada y profiriendo grandes exclamaciones.
- ¿Qué teneis, querida esposa? -le dijo Zadig-. ¿Qué es lo que ha podido poneros así fuera de vos?
- ¡Ay! -respondió ella-. Os pasaría lo mismo si hubieseis visto el espectáculo del cual acabo de ser testigo. He ido a consolar a la joven viuda Cosru, que acaba de elevar hace sólo dos días, un monumento funerario en memoria de su joven esposo, cerca del arroyo que bordea este prado. Prometió a los dioses, en su dolor, permanecer al lado de la tumba mientras por allí corriese el agua del arroyo.
- Y bien -comentó Zadig-, he ahí una mujer estimable y que amaba realmente a su marido.
- ¡Ah! -prosiguió Azora-. ¡Si supieseis en que estaba ocupada cuando fui a visitarla!
- ¿En qué, bella Azora?
- Estaba desviando el curso del arroyo.


DE AMOR
Jaime Sabines
México (1926-1999)

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí. Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo me vaya mejor que tu cuerpo. Tú vienes entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño. Todos los dias te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quien podría quererte menos que yo, amor mío?


MI PRIMER AMOR
Sacha Guitry
Francia (1885-1957)

Tenía yo trece años. Ella era encantadora. ¡Qué digo encantadora! Era una de las mujeres más bonitas de París. Pero de eso yo no me daba cuenta. Yo la encontraba bonita y ocurría que lo era extremadamente. Esto no era más que una coincidencia... Tenía una sonrisa adorable y ojos acariciadores. Y voy a preguntarme, ¿por qué la he amado?... Soñaba con ella. ¿Decírselo? Antes la muerte. ¿Entonces? Probárselo. Hacer economías durante toda la semana y cometer una locura el domingo siguiente. Hice estas economías y cometí esta locura. Ocho francos: un enorme ramo de violetas. ¡Era magnifico! Era el más bello ramo de violetas que se haya visto nunca. Me hacían falta las dos manos para llevarlo. Mi plan: llegar a su casa a las dos y solicitar verla. La cosa no fue fácil. Estaba ocupada. Insistí. La camarera me condujo al gabinete. Se estaba peinando para salir. Entré con el corazón en un brinco.
- ¡Hola pequeño! ¿Para qué quieres verme?
No se había vuelto aún. No había visto todavía el ramo; no podía comprender.
- Para esto, señora.
Y le tendí mis ocho francos de violetas.
- ¡Oh, qué bonitas!
Me pareció que la partida estaba ganada. Me había aproximado a ella, temblando. Cogió entre sus manos mi ramo como se coge la cabeza de un niño y lo llevó a su bello rostro como para besarlo.
- ¡Y huelen bien!
Luego, añadió despidiéndome:
- Dale las gracias de mi parte a tu padre.


DESCONTENTO
Oscar Wilde
Irlanda (1854-1900)

José de Arimatea, después de la crucifixión de Jesús, se encuentra a un joven desnudo y lloroso.
- No me asombra tu gran pesar -le dice-, porque en verdad que El era un hombre justo.
- No, si no lloro por El -replica el joven-. Yo también he hecho milagros y todo lo que ese hombre ha hecho... ¡Pero no me han crucificado!


LA DAMA FRENTE AL ESPEJO
Alvaro Menen Desleal
El Salvador (1932-2000)

Al entrar al Salón de los Espejos, la bonita señora no pudo resistir el impulso de mirarse. Por lo demás, es un impulso natural, y su comisión no conlleva nada delictivo ni pecaminoso. Había entrado al Salón de los Espejos para esperar a la Marquesa, con quien bebería el té en el coqueto jardín inglés del flanco izquierdo del castillo. Puso, pues, su carterita sobre una silla, quedándose con la polvera. Al ver su imagen reflejada en el azogue, respingó un poco la nariz para empolvarse. Luego puso en su sitio, con un gesto regañón, a dos o tres cabellos rebeldes, y se ajustó el traje sastre. Fue ése el momento en que percibió el fenómeno: atrás suyo, otra dama se ajustaba el vestido sastre frente a otro espejo de pared. Atrás de esta nueva mujer, otra más, igual también a ella, se ajustaba el traje sastre. Y más atrás, otra, y otra, y otra... Dió ella un paso, retirándose alarmada del espejo. Simultáneamente, una infinita sucesión de imágenes de mujeres en un todo iguales a ella, dieron también un paso para retirarse de sus espejos. Abrió los ojos desmesuradamente, y aquel millón de mujeres abrieron dos millones de ojos desmesuradamente, formadas en una línea recta en perspectiva que llegaba al infinito. Palideció. Diez millones de mujeres palidecieron con ella. Entonces dió el grito, llevándose la mano a los ojos. Cien millones de mujeres corearon su grito y repitieron su gesto. Cayó al suelo. Mil millones de mujeres cayeron al suelo gimiendo. Ella se arrastró sobre la gruesa alfombra árabe, y un incontable número de mujeres, como soldados sobre el terreno, calcaron uno a uno sus movimientos felinos. No logró salir del Salón de los Espejos; al acudir los sirvientes, encontraron muerta media humanidad...